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DIÁLOGO REFLEXIVO. APORTES DE LA TEORÍA CONSTRUCTIVISTA.

“El diálogo,  mutuo y alternante aprender uno del otro” Heidegger.

El diálogo reflexivo como actividad relacional consiste en un examinar en conjunto  una experiencia para permitir un reordenamiento de los significados atribuidos a ésta y así ir creando una nueva interpretación o versión representativa de la realidad vivida. Supone desentrañar en conjunto significaciones implícitas o latentes que al ser integradas en las representaciones de las situaciones permiten una mayor comprensión de sí mismo, del contexto y del otro. El constructivismo plantea que todos los tipos de conocimientos pueden ser vistos como versiones consensuadas de la realidad producto de la interacción y negociación interpersonal en donde el significado sería creado y sólo posible en el contexto del discurso que lo sustenta. El enfoque constructivista aplicado al diálogo reflexivo, implica que se parte de la idea de que nadie posee la manera correcta y única de observación de la realidad. Implica concebir que la verdad y los significados se construyen y  se negocian.  Comprender que el diálogo respetuoso entre diferentes modos de percibir e interpretar las cosas es más enriquecedor que el pretender una verdad rígida  y excluyente. La visión narrativa de la construcción de significado se refiere a que entendemos la experiencia y nos entendemos a nosotros mismos en el contexto de historias que narramos de una particular manera a partir de un enfoque, perspectiva o versión determinada por creencias, supuestos y atribuciones que son constructoras de significado y que pueden llevar a disociaciones de la experiencia y conflictos. El esfuerzo dialogal debe contribuir a una reconstrucción narrativa que incluya coherencia, es decir que la historia narrada se articule sobre sí misma formando una trama organizada que permite mantener el sentido de la historia,  y calidad evocativa, lo cual implica conectar la intensidad emocional y  una  riqueza representacional suficiente como facilitar la identificación con la persona y la situación, permitiendo la conexión empática (Díaz, 2007). Se trata de una indagación exploratoria en busca de relaciones de sentido que aporten nuevos significados a la experiencia, llevando a una mayor comprensión. Es una práctica de participación conjunta en términos que cada persona habla “con “ el otro y no le habla “al “ otro. Mediante esta reflexión conjunta los integrantes del diálogo participan en la creación de nuevos significados y nuevas respuestas. Al producirse un intercambio de perspectivas, al revisar los supuestos básicos sobre los que se fundan las percepciones o los juicios los participantes del diálogo, se van transformando unos a otros en la relación, a partir de la auto-comprensión y la compresión del otro. El diálogo reflexivo va develando motivaciones no conectadas incomprendidas, atribuciones erróneas, perspectivas incompletas acerca de las situaciones. Permite acrecentar la conciencia de la responsabilidad e implicancia en una determinada relación o conflicto, esclareciendo roles, argumentos subyacentes, guiones predeterminados e identidades en juego. La reflexión conjunta construye los eslabones para entender las secuencias que llevan a una persona a comportarse de determinada manera, ayudan a cada integrante a entender e identificar los eslabones que no ha incorporado a su cadena asociativa en la evaluación de su realidad y de la realidad del otro. El diálogo reflexivo se sustenta en la empatía como función determinante para la comunicación genuina en un marco de mutualidad. La empatía representa la capacidad de sentir profundamente al otro, atendiendo a significados y emociones evidentes en su intensidad y complejidad, pero también implica penetrar en la comprensión de sentidos, significados y afectos de carácter implícito, que se pueden percibir, deducir o interpretar a partir de la actitud, la expresión no verbal, el contenido y la posición de la otra persona frente a una situación que la involucra. La empatía permite “visionar” a la otra persona en el sentido de construirnos un mapa psicológico que integre su realidad externa con determinantes internos que actúan dinámicamente como tensiones en conflicto. El punto de partida es siempre la experiencia del interlocutor y su comprensión de las cosas, lo que lleva a la reflexión mutua y alternante, una reciprocidad reflexiva. Reflexión significa la capacidad de una persona de volverse sobre sí mismo constituyéndose en su propio  objeto  para pensarse y referirse a sí mismo. El facilitador  traduce lo que dice el interlocutor a sus propias palabras, se las comunica a él y observa la resonancia que evoca lo que ha dicho.

DINAMICAS DEL PROCESO CONVERSACIONAL;          FASES DEL DIALOGO

FASE DE SENSIBILIZACIÓN O TOMA DE CONTACTO
Acercamiento, negociación de la confianza y la confiabilidad, apertura, despliegue del drama, facilitación de la alianza terapéutica. El facilitador escucha el relato narrado construyendo una escena en la que hay un donde, cuando, quienes, qué, cómo, cuánto, etc. Realidades, situaciones, contextos, conflictos, adversidades
FASE DE INDAGACIÓN O EXPLORACIÓN
Conexión con el impacto emocional en su cantidad y cualidad, dimensionando intensidad de los afectos. Experiencias previas, significaciones, valoraciones , atribuciones, creencias,  prejuicios, relaciones, conexiones, cosas en juego, temores,  fantasías a futuro. Reconocimiento de los contextos. Identificación de nexos, rutinas, pautas, patrones repetidos. Se identifican premisas o supuestos básicos, Identificación de causalidades circulares o múltiples, identificación de las premisas, marcos de referencia, atribuciones, supuestos o creencias.  Conexión con temores, significados implícitos, necesidades no asumidas.
FASE DE SIGNIFICACIÓN O COMPRENSIÓN
Desarrollo de visiones, versiones alternativas, conexiones, semejanzas, deducciones. Comprensión  de aspectos implícitos: “en el fondo se trata de que…” Qué ha significado, implicancias, consecuencias, como se registra, efectos, sentido que se le da, como lo ve
FASE DE CONCRETIZACIÓN O COMPROMISO
Nuevos marcos de interpretación, nuevas representaciones y cambio en la narrativa de sí mismo y del otro. Ampliación de la conciencia personal y del otro. Integración de aspectos atribuidos a otro o externalizados. Implica darse cuenta, conectarse con verdades que deben ser asumidas, necesidades o limitaciones. Desarrollo de responsabilidad y gestión personal. Iniciativa, cambio, reposicionamiento.

 

EL FACILITADOR DEL DIÁLOGO. CARACTERÍSTICAS Y FUNCIONES

En el diálogo participan los sujetos dialogales y el facilitador. La función del facilitador es “abrir mentes”, abrir ventanas para nuevas ideas o formas de ver las cosas, facilitar la expresión más profunda de sentimientos. Es un conector, un iluminador que permite al otro ver donde estaba oscuro para él. La primera función del  facilitador es crear la alianza conversacional, es decir, un vínculo de recíproca colaboración y participación, cada uno desde su rol, orientado a progresar en la expresión, comprensión y resolución de los problemas que están en juego en la conversación. El diálogo permite a la persona sentirse contenida en sus tensiones emocionales, le permite expresar emociones y actitudes resistenciales (pena, rabia, temor, desencanto, rechazo, defensividad, desconfianza, inseguridad, resentimiento, sentido de injusticia, etc ) que obstaculizan la recuperación del flujo de emociones y actitudes favorables ( amor, entusiasmo, deseos de participar e incluirse,  contento,  creatividad ).

Condiciones básicas. Generación de confianza y confiabilidad. La alianza conversacional no puede lograrse si el facilitador carece de un atributo fundamental: la confiabilidad sustentada en la confianza. La confianza que genera el facilitador se basa sobre:

  1. Orientación al otro y sus necesidades. Atención puesta en el otro.
  2. Competencias sociales y comunicacionales: capacidad de escuchar profundamente, capacidad de empatía, uso de lenguaje apropiado, humor.
  3. Seguridad personal y “solvencia” relacional: se refiere a su confianza en su capacidad de estar con el otro, en términos actitud sólida y segura, de disposición a hablar de cualquier tema. Algo así como comodidad en su propio “pellejo” al estar en la situación de diálogo. No se achica frente a los temas, no los rehuye ni los evita.
  4. Actitud serena y reflexiva. Implica trasmitir calma y apertura a explorar
  5. Actitud cálida y próxima.
  6. Actitud de respeto al otro. Considerar al otro incondicionalmente, en términos de separar sus actos del respeto a su persona. Trasmitir siempre la señal de que el otro vale, es importante, nos interesa y queremos entender por qué actúa de la manera como lo hace sin enjuiciamientos condenatorios.

Por otro lado la confiabilidad que despierta el facilitador se basa en una serie de factores bien definidos. Rodrigo Yáñez Gallardo, (2006), en un artículo sobre los componentes de la confiabilidad identifica:

(a) Competencia e idoneidad, se refiere a una dimensión compleja que incluye habilidad técnica específica, conocimientos y dominio del rol en cuanto a generar la percepción de tener “peso” en lo que se hace.

(b) Integridad, implica ver en el otro personificadas ciertas actitudes que dan cuenta de la apropiación y práctica coherente de principios y valores que están en sintonía con los propios. La consistencia entre lo que se dice y lo que se hace, la honestidad, la capacidad de reconocer y asumir responsabilidad sobre los errores cometidos, la capacidad de juzgar justamente sin distorsionar los hechos según conveniencias o intereses propios, son elementos fundamentales en la percepción de integridad.

(c) Benevolencia, se relaciona con la capacidad de actuar pensando en el bien del otro y con una sana compasión por la otra persona. En su aspecto activo, implica hacer el bien desinteresadamente o por motivos altruistas sin atender a beneficios personales. En la dimensión pasiva, considera no aprovecharse de la debilidad o necesidades de la otra persona.

(d) Apertura, tiene relación con la capacidad de mostrarse y compartir aspectos significativos de la propia realidad, opiniones, creencias, incluyendo temáticas que muestran el propio lado humano o vulnerable en algún sentido.

(e) Integración personal, se refiere a que el facilitador muestra de diversas maneras una relación congruente con el ambiente y consigo mismo, basada en una conexión con su centro experiencial y un sentido de autoaceptación que infunde autonomía, serenidad y seguridad en el contacto con el otro.

El facilitador debe ser capaz  de asumir la complejidad de los relatos y las situaciones personales que se expresan, asumir la intensidad de las emociones que se movilizan, asumir la realidad y verdad de las situaciones que se van descubriendo. El facilitador debe mantener siempre una visión integral del interlocutor, nunca verlo sólo a partir de sus problemas, para mantener una clara disposición a no desarrollar actitudes de juez o bien subestimación del interlocutor. Debe demostrar siempre que confía en la bondad de cada persona y demostrar un profundo respeto por la manera en la que el otro ve o percibe su realidad. Respeta los tiempos del otro para darse cuenta de ciertas realidades que para él pueden resultar evidentes. No presiona al otro a abrirse, sino que va calibrando la necesidad del otro de ocultarse y la disposición a abrirse, mostrando en esto sensibilidad y respeto del proceso y la libertad del otro. El diálogo reflexivo se centra en desarrollar un espacio conversacional libre que ayude a introducir novedad a los discursos o guiones que determinan la posición de una  persona frente a su realidad y su posición frente al otro. Inicialmente no se pone énfasis en producir cambios sino en  generar apertura. El cambio tiene lugar cuando se logra la creación dialogal de una nueva narración que sitúe a las personas en un nuevo marco de referencia que amplíe su visión de las cosas y le de permiso para comportarse de otra manera sin sentir que está renunciando a su integridad, derechos, congruencia o auto-respeto, factores que a menudo generan defensividad, un repliegue  en los puntos de vista propios y poca disposición a cambiar de opinión. A medida que el diálogo avanza se crean oportunidades de descubrir nuevos sentidos o significados que permitan modificar los juicios acerca de las cosas, creándose una nueva narración, más completa, más integrada. La actitud del facilitador del diálogo debe ser la de asumir una posición de ignorancia y apertura desprejuiciada a la comprensión de la realidades que se están negociando. Las acciones y actitudes del facilitador expresan la necesidad de saber más acerca de lo que se ha dicho.  No trasmite en modo alguno opiniones o expectativas preconcebidas acerca de lo que está escuchando. Debe estar en posición de ser informado, alguien que e está enterando de algo, no alguien que sabe de algo. El facilitador da mucha importancia a lo que dice el interlocutor, de manera que este no debe hacer esfuerzo por convencer al facilitador con respecto a sus ideas. El facilitador está siempre en camino a la comprensión, nunca llega del todo. Permanentemente tantea su comprensión calibrándola y regulándola a partir de la retroalimentación que le da el interlocutor, quien recogerá lo que le dice el facilitador en la medida que interprete aspectos de su sentir más profundo. Esto significa que el facilitador ayuda en el diálogo reflexivo a que los interlocutores  consigan saber lo que ya sabían de ellos mismos pero que no se lo podían representar con claridad.

Las preguntas como instrumento privilegiado de reflexión

Para Anderson y Goolishian, (1988), el proceso de construcción de preguntas juega un papel muy relevante en el diálogo, sin embargo debe evitarse entender diálogo como un interrogatorio inteligente. Las preguntas no deben ser retóricas ni pedagógicas. No deben contener dentro de sí sus propias respuestas, ni direccionar la visión del interlocutor tiene del problema. Sólo deben dar un indicio, una pista para explorar y preguntarse a sí mismo o bien generar un conflicto cognitivo que movilice los propios presupuestos. Estas preguntas ponen al descubierto algo desconocido o imprevisto  y lo presentan como posible, siendo entonces “la conversación un despliegue de posibilidades todavía inexpresadas de relatos “aún no relatados”” (Anderson y Goolishian en McNamee y Gergen, 1992, Cap. 3, pág 54)

Las creencias, atribuciones y supuestos básicos para enfocar e interpretar una experiencia representan elementos que condicionan de manera importante la manera de vivenciar un hecho. Estas creencias construyen realidades que terminan manteniéndose y confirmándose a través de la interacción social, al restringir el individuo el campo de lo posible. Los conflictos interpersonales surgen de desacuerdos en los sistemas de creencias e interpretación de los integrantes de una interacción, esto lleva a una tensión debido a que la versión dominante intenta excluir otras versiones posibles. También puede darse que la problemática se presente debido a una combinación rígida de significados atribuidos a una situación, lo cual no da alternativas a una persona que no cabe o queda muy mal en ese relato. La tarea del diálogo reflexivo es explorar la red de causalidades, la trama de creencias y atribuciones y sus contextos para buscar establecer nuevos lazos o nexos conectores entre los hechos  y el sistema de creencias  y atribuciones que provee de significado. En este contexto el cambio de narración o versión se producirá en la medida que se introduzca tensión en la conexión semántica entre la experiencia vivida y el sistema de significados atribuidos a ella. Existen algunas técnicas sencillas para intentar esta tensión; por ejemplo, introducir diferencias, diferentes descripciones para un mismo acontecimiento, nuevas maneras de significar un comportamiento o reacción frente a un acontecimiento. La conversación  debe intentar llevar al interlocutor a cambiar ciertas premisas o atribuciones, lo cual se traduce en novedad en sus narraciones o guiones. El diálogo favorece además nuevas maneras de “estar con”: de estar consigo mismo y con el otro, a partir de la experiencia de diálogo reflexivo, que facilita una nueva manera de “verse” y de “ver las cosas”. La conversación se trata de ir creando en conjunto un darse cuenta o saber relacional que modifique las modalidades de “estar con” que se han asumido habitualmente en la interacción. La autocomprensión y comprensión del otro modifica la percepción del quién soy yo y quién es el otro, generando nuevas definiciones de relación y sus contextos. El proceso conversacional favorece un cambio de estado emocional al permitir la reactivación del flujo de emociones. Los juicios totales sobre los demás se van cambiando a divergencias narrativas sobre aspectos parciales de la relación. Se trata de una ampliación de la conciencia de sí mismo, la conciencia del otro y la conciencia de la relación a partir de la autocomprensión a la que lleva la reflexión conjunta. Esta ampliación de la conciencia permite entender y conectar  emociones, desarmando actitudes desadaptativas asumidas como mecanismo de autoprotección.. El diálogo reflexivo conduce a desarrollar una mayor capacidad de ver y verse. Implica entender, experimentar y darse cuenta de las cosas como base de cualquier cambio. El facilitador debe estar abierto a la movilización de la agresión, actitudes resistenciales y defensivas, intentando construir conectores que permitan entender el sentido personal de estas emociones y actitudes desfavorables. Las actitudes así llamadas negativas no deben ser desatendidas o desincentivadas, no se debe temer  a que se expresen, todo lo contrario, deben ser consideradas como valiosos aportes para lograr una comprensión más profunda de lo que le pasa a cada uno y del problema de la relación. El facilitador debe tener en cuenta además de que las personas construyen su configuración relacional integrando distintas facetas o formas de ser que emergen en distintos momentos o contextos relacionales. Se trata de “partes” psicológicas que pueden dialogar entre sí y con los demás. El compromiso afectivo que se ponga en juego en el diálogo reflexivo, tanto por parte de los sujetos dialogales como del facilitador, da sentido a la experiencia. A partir de esta experiencia de verdad y apertura, surge un sentimiento solidario de encuentro y participación en la vida del otro. La profundización en la experiencia emocional permite construir un nosotros, una orientación al otro, una apertura que dispone a participar en la vida de los otros, identificándose con la dimensión humana de aquellos “Tú” que interpelan al yo. La relación se va convirtiendo en una “presencia” compartida basada en la reciprocidad, base de la gratitud y de la experiencia de encuentro significativo. Al cambiar el modo de  “estar con” se puede llegar a “ser-con”.