HIJO TRASTORNO PSIQUIÁTRICO

MI HIJO TIENE UN TRASTORNO PSIQUIÁTRICO, ¿QUÉ HACER?

 

¿QUÉ PUEDO HACER SI MI HIJO TIENE UN TRASTORNO PSIQUIÁTRICO?
Ver sufrir a un hijo es uno de los grandes dolores de la vida.  

Las enfermedades de salud mental están condicionadas por factores genéticos que se activan dadas determinadas circunstancias en combinación con el entorno, el propio temperamento, y la capacidad adaptativa innata. Nadie está realmente preparado para manejarse frente a estos problemas pero hay algunas claves importantes.

El desarrollo humano toma dos décadas, lo cual habla de que la vida humana requiere tiempo para lograr las integraciones necesarias que capaciten al individuo para enfrentar el mundo de manera independiente. Este desarrollo tiene momentos críticos y necesita experiencias protectoras y promotoras que den respuesta a las necesidades físicas y psicoemocionales fundamentales de la personalidad en desarrollo. Estas experiencias dejaran equipada a la persona para una vida plena, brindarán seguridad, afecto, contención de ansiedades, aprendizaje para la administración de las emociones, conciencia de sí mismo, entendimiento de los demás, entendimiento y habilidad para proceder en el mundo,  tolerar el estrés y frustración, cuidarse, resolver problemas y luchar por los propios intereses y objetivos.

La emergencia de la patología psiquiátrica en el niño o el adolescente puede gatillarse porque hay fallas en estas experiencias protectoras y promotoras, o bien, la patología está presente con independencia de estas experiencias y su aparición interferirá en el logro de las experiencias primordiales para un desarrollo integrado.

La enfermedad de salud mental genera sufrimiento e interfiere en la realización personal, ya sea por inhibición, por angustia, por trastornos anímicos  o por disminución en el autocontrol y ajuste social. Necesariamente estas tensiones del equilibrio personal afectan en la adaptación general; aunque aparezcan síntomas que figuran como el centro del problema, se ve comprometido igualmente el funcionamiento emocional, social, académico y la identidad.  La estabilidad psicológica es como un móvil colgante en que el peso de las partes debe estar equilibrado, ya las áreas están interrelacionadas, de manera que problemas en un área impactan negativamente en otras.

Las enfermedades mentales de los hijos generan frustración, una dolorosa angustia, representan una prueba muy dura para los padres, que miran con cierta impotencia cómo su hijo debe enfrentarse a problemas, dolores o tensiones que muchas veces no se arreglan corrigiendo la realidad, sino que se llevan dentro, en el corazón o la mente como un  malestar crónico difícil de administrar. La angustia de los padres es frecuente, incluso puede deteriorar el vínculo entre ellos al aparecer con cierta frecuencia entre ellos inculpaciones, atribuciones de responsabilidad, o sentimientos de fracaso al modo de “¿Qué hicimos mal?”, “Es mi culpa, yo soy igual”, etc.

¿QUÉ PUEDO HACER?

A pesar que en muchas ocasiones los padres no pueden evitar que el hijo sufra, si pueden evitar aumentar el malestar o estrés del hijo. Esto se produce cuando adoptan actitudes inadecuadas que en general son maneras bien intencionadas pero inefectivas de intentar generar un cambio en el hijo. La comprensión del trastorno permite entender a los padres que el problema que padece el hijo no es voluntario, que no tiene muchas veces las herramientas para manejarlo y se da en el contexto de procesos complejos con altos y bajos.  Hay una tarea de duelo que hacer, que implica aceptar que se rompe la ilusión de ser padres de hijos plenamente felices y realizados, se rompe la ilusión del hijo que soñaron, la familia que soñaron. Como todo duelo, tiene una fase de negación, luego una de rabia, distanciamiento emocional y luego progresiva aceptación de las cosas como son, valorando lo bueno, resignificando la experiencia de pérdida y la dificultad como un elemento que es parte del todo, aprendiendo a amar la realidad y al hijo tal como es. Hay que entender que ese duelo lo viven los padres con mucha dificultad, pero también el hijo afectado por la patología, cuya experiencia de “tener algo”, “ser distinto del resto”, “venir con una falla” o sentirse incompetente en alguna o varias áreas del desarrollo es una experiencia muy difícil de sobrellevar. Esta experiencia dolorosa muchas veces queda aparentemente oculta porque el niño no logra mentalizar su dolor, o bien porque trata de validar su persona mediante otras conductas que le brinden cierto sentido de valor, seguridad o figuración interpersonal, como una pantalla en la que su verdadero sentimiento acerca de sí mismo queda oculto o disfrazado. Esas otras conductas muchas veces generan reacciones del ambiente, de manera que el verdadero problema queda encubierto, y el conflicto se desplaza a temas que permiten crear una “causa que defender” conjurando la amenazante posibilidad de que los demás descubran el verdadero yo; débil, avergonzado de su problema y herido, lo que sería humillante para los intentos de autoafirmación de cualquier joven.

La primera tarea de los padres será siempre conectarse con la necesidad del hijo y responder a ella. En muchos casos la manera de responder parte por acudir a un especialista, estar atento a lo que le pasa, no hacerse “el desentendido” pensando que son cosas de la adolescencia, «de cabros», “de la edad del pavo”. Tener un diagnóstico de la situación psicológica del hijo y proveer los tratamientos que ayuden a salir adelante es fundamental y está en el ámbito de lo que los padres pueden controlar. La psicoeducación es un aspecto muy importante de la labor de los especialistas, ya que    los padres tienen necesidades información acerca del trastorno que padece su hijo, el pronóstico  y cómo pueden ellos ayudar a su hijo, es decir,  destrezas para  acompañar o enfrentar dinámicas interaccionales, actitudes, estados emocionales y síntomas del hijo.

Además es fundamental proveer contextos sanos para el desarrollo, un Colegio que le haga bien, relaciones sanas entre hermanos, con parientes, relaciones positivas y respetuosas entre los padres será siempre una condición protectora. Muchas veces este punto exige tomar decisiones complejas como cambios de colegio, o comprometerse con cambiar situaciones que son amenazas para el desarrollo del hijo: contextos académicos por sobre su capacidad, contextos escolares poco protectores frente al bullying, entornos en los que hay riesgo de drogas, alcohol que no es manejado por los adultos, brindarles más tiempo para estar juntos, realizar actividades juntos, expresar más y mejor afecto, comunicarse, conversar sin prisa, etc.

En cuanto a las habilidades que deben adquirir los padres, además de la capacidad de validación y acompañamiento empático que revisaremos con detalle a continuación, hay una serie de actitudes facilitadoras que permiten mejorar el pronóstico del hijo y la convivencia familiar.  Es muy importante desarrollar la Capacidad de auto-calmarse, frente a las angustias, frustraciones o temores que produce la situación del hijo, lo que implica capacidad de regulación emocional,  logrando tomar control sobre sus estados emocionales y alcanzar una serenidad mínima para poder mantenerse actuando dentro del marco de lo racional. Esto se complementa positivamente con una actitud de centrarse en buscar soluciones a los problemas y en responder a las necesidades de su hijo, más que actuar en función de sus propias ansiedades, temores, o en función de su ego. Es fundamental además conservar áreas de la vida y convivencia familiar “libres de conflicto” que permitan ir creando “buenos recuerdos”, experiencias positivas de pasarlo bien juntos, alegría, disfrute de cosas simples. Esto ayuda mucho a enfrentar los sentimientos de desesperanza y ansiedad. Evitar parentalizar a los demás hijos, es decir delegar en ellos roles propios de los padres, es importante para el bienestar y organización de la familia, al mismo tiempo que tolerar el malestar del hijo y de otros integrantes, buscando siempre dar relevancia a lo bueno, valorar la familia que tienen. Hay que estar atentos a los períodos en que no aparece un síntoma evidente en el hijo, es decir, a momentos de retiro, aislamiento, ya que en esos momentos puede estar pasándolo muy mal sin exteriorizarlo. Es importante ir tomando permanentemente decisiones en cuanto a cuándo estar más cerca y cuando retirarse un poco para dar espacio  a los procesos del hijo, cuándo y cuánto proteger y acompañar  y cuándo y cuánto dejar libertad. Hay que mantener la estructura de límites de la familia y velar para que se respeten, estos límites no deben ser rígidos sino más bien coherentes, que respondan a una creencia de la familia y que busquen dar contención y seguridad al hijo. En términos de resolución de conflictos y manejo de límites, se recomienda mantenerse en un contexto reflexivo y de exploración de las necesidades del hijo, no llegar a la coerción y la amenaza, evitar los ultimátums, manteniendo conversaciones serenas y con tono tranquilo, sin impaciencia ni búsqueda de tomar control de la situación o resolver rápido. Esa actitud ayuda mucho al sentimiento del hijo de ser oído, sentirse valorado y respetado y tener interés por seguir conversando. (1)

Centrarse en generar relaciones sanas será siempre una gran forma de ayudar y acompañar al hijo en su lucha por construir su vida social, su identidad y su futuro a pesar de padecer una patología. Las relaciones sanas se caracterizan por la capacidad de validar a la otra persona y acompañarla empáticamente. Validar significa entender que cada persona hace las cosas por algo y necesitamos comprender la necesidad que está detrás. Significa dar seguridad al otro de que su valor personal no está en cuestión para nosotros, nuestro cariño y compromiso no está en juego, a pesar de que su funcionamiento esté muy alejado de lo supuestamente esperable. Validar es entender que los hijos necesitan aceptación en vez de crítica, comprensión en vez inculpación, paciencia y respeto en vez de ira, colaboración en vez amenaza como manera de inducir cambios. Existen muchos mitos equivocados sobre los comportamientos de los hijos, que generan daño porque se basan en prejuicios e ignorancia: “no haces nada porque eres flojo”, “si te esforzaras podrías cambiar, tu bajón es un pretexto”, “me tienes aburrido con tu actitud, te quejas de lleno”, “cuando éramos jóvenes con tu mamá enfrentamos situaciones mucho más difíciles y nunca dejamos de ir al Colegio o nos bajoneamos, mientras que  tú lo tienes todo, y te echas a morir, los problemas hay que enfrentarlos”. En parte importante, estas actitudes inadecuadas se deben a la dificultad de los padres para entender el mundo psicológico y la realidad emocional que viven sus hijos,  y por otra parte, se deben a las presiones de un modelo parental rígido, autoexigente, con herencia patriarcal, en el que el hijo debiera funcionar como lo hacían los padres frente a sus propios progenitores, una visión idealizada de lo que fue su propio desarrollo y relación con los padres, negando temores, resentimientos y el sometimiento por temor a figuras parentales muchas veces amenazantes, distantes o poco comprensivas, que eventualmente no eran capaces de comprender la complejidad de los procesos emocionales. La validación permite aceptar la situación del hijo, aceptar que está enfermo, que no puede lo que otros podrían, que hay una diferencia, que tiene necesidades de las que me tengo que hacer cargo, significa renunciar al deseo de normalizar al hijo, bajar las expectativas, aceptar ir paso a paso, valorar los pequeños avances, dejar de intentar las cosas que no resultan (sermones, amenazas, premios o castigos, etc). Es una manera de rendirse frente a una realidad que no puedo controlar de la manera que aprendí a hacerlo. Implica decir “acepto lo que nos tocó,  lo que te pasa, te acepto así, eres mi hijo, voy a estar a tu lado. Quiero participar de tu dolorosa experiencia estando disponible, conectado, cercano, dispuesto a hacer por ti lo necesario para aliviar tu angustia, para que des los pasos que puedas dar”.  Validar es lo contrario que juzgar, es comprender que su comportamiento es lo mejor que ha encontrado para hacer o según su parecer la respuesta más funcional o apropiada para enfrentar una situación. Ya sea que el hijo se muestre inexpresivo frente al afecto, rabioso frente a un intento de aproximación, indolente frente al dolor de otros, pasivo frente exigencias, problemas o responsabilidades, siempre habrá detrás de la conducta una búsqueda de responder a una necesidad, conjurar un temor, evitar una consecuencia temida. Es confiar que una vez seguro, aliviado, resuelta su necesidad, resurgirá la fuerza que le devolverá las ganas de volar. (2)

Además de la validación se necesita acompañar empáticamente al  hijo, buscando explorar respetuosamente los significados emocionales, creencias, necesidades y ansiedades que hay detrás de cada reacción, actitud o conducta del hijo. Implica entender que lo que me toca es tratar de conocer y participar de su necesidad llegando lo más cerca que pueda de ella, es descubrir lo que alivia y sacar la espina clavada. (3)

Para llegar a su necesidad es  fundamental comprender que nuestros hijos no ven las cosas igual que nosotros, cada uno tiene su propio cuadro, su propia foto. No corresponde presionar al hijo para que acepte que nuestra foto o cuadro es mejor que la suya, que nuestro “mapa de la ciudad” es mejor que el suyo, sino que debemos tratar de conocer su cuadro o mapa y acompañarlo a orientarse a partir de él. Para eso necesitamos renunciar al deseo de controlar a nuestros hijos para que actúen de acuerdo a lo que se debe o nuestra expectativa y buscar comprender sus posibilidades, estado interno, comprensiones, de manera que lo que hagan exprese su propia libertad y búsqueda de ser una persona real. Para acompañar empáticamente y liberarse de los sermones del deber ser, palabra clave es explorar, buscar mutuamente llegar a comprender la realidad  y necesidades del hijo. Paso a paso en esa búsqueda van emergiendo las emociones más profundas y genuinas, el hijo se atreve a mostrar su vivencia interior, su temor oculto, su rabia, lo que duele. Sentirse profundamente escuchado por un padre o madre, sentir que lo que le pasa les importa, que a pesar de todo lo que ha hecho o dejado de hacer y que se supone que no debería, ellos están ahí para estar con él, esa experiencia, genera un profundo sentido de protección, lo hace sentirse amado, que no está solo con su dolor o su angustia. (4)

Enfrentar enfermedades de salud mental de los hijos, puede activar escaldas comunicacionales negativas con expresión de emociones intensas y hostiles, que movilizan mucha angustia y afectan la seguridad, autoestima, sentimiento de ser querido y respetado. La crítica, la inculpación y la agresividad pueden aparecer como resultado de una falta de comprensión o una sentida impotencia de poder ayudar al hijo a salir de su situación. Muchas veces el criticismo viene de otro hijo que ha asumido un rol parentalizado o que se ha sentido postergado por los padres en su cuidado del hijo con trastornos emocionales, acusándolos de débiles, consentidores e  injustos, en un intento de manipular sus sentimientos para que tomen el control de la situación a partir de la crítica, el castigo o la dominación. En ocasiones esta presión viene de la familia extendida, que no comprende el problema y acusan o culpan a los padres de ser incapaces, estar errados, ser débiles. Estas experiencias son muy dolorosas para todos. El criticismo, la inculpación, el castigo o la agresividad son factores claramente perjudiciales y agravantes del problema del hijo con la patología. Es como moverse cuando se está entrampado en arenas movedizas. Lo mismo ocurre con las actitudes negadoras (“no te preocupes se te va a pasar”) o abandónicas, en las que los padres siguen con sus agendas personales de relaciones, proyectos, metas o trabajos, ignorando las dificultades de los hijos y haciéndolos sentir invisibilizados, dañados e inadecuados.

Por lo mismo, centrarse en establecer relaciones sanas es  un medio para mejorar los síntomas del hijo que carga con la patología. Amor, validación, acompañamiento empático, juego, conversaciones, esperanza, pasarlo bien juntos, optimismo, humildad, ser paciente y pacífico, colaboración, darse tiempo, hacer sentir importante al otro, mirar lo bueno que hay, son los ingredientes de una vida con sentido, en la que el dolor puede ser tolerado como parte del conjunto de experiencias que un entorno de cariño, de amor y respeto nos prepara para sostener y enfrenar.

Bibliografía:

  1. The Ackerman Podcast #19 / Mental Illness in Families with Mary Kim Brewster PhD.
  2. The Feil Method. Feil, Naomí. 2003. How to Help Disorient. Herder Editorial
  3. The Art of Helping. Carkhuff, Robert.  2010. HRD Press Inc.,U.S. Edición: Ninth Edition
  4. It´s All About we. Gossen DIane. 2004. Rethinking Discipline using Restitution.Chelsom consultant limted.ed.